Palmira

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Antiguo teatro romano en Palmira, Siria

Palmira (en palmireno: Tdmr2.png en árabe: تدمر Tadmor1​ o Tadmir) fue una antigua ciudad situada en el desierto de Siria, en la actual provincia de Homs a 3 km de la moderna ciudad de Tedmor​ o Tadmir (versión árabe de la misma palabra aramea “palmira”, que significa “ciudad de los árboles de dátil”). En la actualidad solo persisten sus amplias ruinas que son foco de una abundante actividad turística internacional. La antigua Palmira fue la capital del Imperio de Palmira bajo el efímero reinado de la reina Zenobia, entre los años 268-272.

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Palmira fue elegida como Patrimonio de la Humanidad en 1980. El 20 de junio de 2013, la Unesco incluyó a todos los sitios sirios en la lista del Patrimonio de la Humanidad en peligro para alertar sobre los riesgos a los que están expuestos debido a la Guerra Civil Siria.

En la vecindad del oasis de Afqa se produjeron los primeros asentamientos de los que se conoce su existencia de los archivos de Mari. En la Biblia se menciona con los nombres de Tadmor y Tamar (aunque hay cierta confusión con otra ciudad cerca del Mar Muerto). Durante el predominio de los seléucidas en Siria, Palmira consiguió su independencia.

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En el 41 a. C. los habitantes de Palmira huyeron de las tropas de Marco Antonio al otro lado del Éufrates. En el siglo I a. C. Siria se había convertido en provincia romana y la ciudad prosperó enormemente con el comercio de caravanas al estar situada en la ruta de la seda. «Independiente entre dos Imperios», la define Plinio el Viejo.​

Tras una visita, el emperador Adriano otorgó a Palmira los derechos de ciudad libre y cambió el nombre a Palmyra Hadriana.

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Tras la captura en el año 260 del emperador romano Valeriano en la guerra contra los sasánidas, Palmira defendió las fronteras bajo el mando del gobernador Septimio Odenato. Tras su asesinato en 267, su viuda Zenobia en nombre de su hijo Vabalato, estableció en Palmira la capital de un reino que extendió por Siria y el Líbano. Mantuvo su independencia durante cuatro años frente al acoso de Roma, consiguiendo extender su área de influencia hasta Egipto. En 272 fue derrotada y llevada cautiva por el emperador romano Aureliano quien la hizo tirar de un carro encadenada con cadenas de oro durante su marcha triunfal. Luego Aureliano la perdonó y le permitió retirarse a una villa en Tibur donde podría seguir practicando la filosofía. Tras una segunda revuelta de sus habitantes, Palmira fue arrasada en el 273.

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Diocleciano reconstruyó luego Palmira aunque la nueva ciudad era más pequeña y estableció un campamento en sus cercanías como defensa contra los sasánidas. En el año 634 fue tomada por los musulmanes y en el 1089 fue completamente destruida por un terremoto.

Tras el dominio turco, pasó junto el resto de Siria bajo control francés como parte del Mandato impuesto por la Sociedad de Naciones. El 2 de julio de 1941 las tropas francesas, fieles a Vichy, capitularon ante las tropas británicas que habían invadido desde Irak tras lo cual alcanzó con el resto de territorio la independencia.

Conquista por Estado Islámico (mayo de 2015 – marzo de 2016)

El grupo extremista Estado Islámico (también conocido como Dáesh) tomó el control de la localidad de Palmira y de sus ruinas grecorromanas, situadas en el este de la provincia siria de Homs, el 20 de mayo de 2015. El teatro de la ciudad se convirtió al poco en macabro escenario de ejecuciones filmadas. Entre las personas ejecutadas, figuraba el exdirector del yacimiento de Palmira, Khaled Asaad, que fue decapitado el 18 de agosto de 2015 tras un mes de torturas y vejaciones. La directora general de la UNESCO, Irina Bokova, condenó el hecho.​

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El 24 de agosto de 2015, Dáesh instaló explosivos y los hizo detonar en las bases del Templo de Bel, como antes había hecho con el cercano Templo de Baalshamin, dando inicio así a la destrucción del histórico lugar. La destrucción, que la UNESCO calificó de “crimen de guerra”, tendría continuación con la voladura de tres importantes tumbas-torre, entre ellas la de Elahbel, edificio de cuatro plantas y un piso subterráneo que fue construido en el año 103 a. C. También el Arco de Triunfo de Palmira fue dinamitado y destruido por Estado Islámico en octubre del mismo año.

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Zenobia

Septimia Bathzabbai Zainib (en griego antiguo, Ζηνοβία / Zēnobía; en arameo, בת זבי / Bat-Zabbai; en latín, Julia Aurelia Zenobia), más conocida como Zenobia (240-274), fue la segunda mujer del príncipe Septimio Odenato (castellanización del nombre Odenat) de Palmira, dependiente del Imperio romano, y reina del Imperio de Palmira entre 267 y 272, tras el asesinato de su marido en 267, cuando tomó el poder en nombre de su joven hijo heredero.

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Aprovechando las disputas en el interior del imperio romano por el liderazgo del mismo, el reino de Palmira se sublevó e intentó crear su propio imperio con la intención de dominar a los dos que le flanqueaban, el romano y el sasánida. También tenían el incentivo de aprovechar el vacío de poder que el Imperio sasánida aún no había alcanzado a llenar. Las campañas militares de Zenobia le permitieron crear un imperio que abarcaba toda el Asia Menor e incluso logró tomar Egipto con sus tropas en el año 269, ya que allí se había levantado un posible candidato al trono romano. Zenobia logró deponer al pretendiente y reclamó la corona del imperio para su hijo.

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Gobernó Egipto hasta el año 272, cuando fue derrotada y enviada como rehén a Roma por el emperador Aureliano. A partir de este momento, el destino de Zenobia parece confuso. Existen múltiples teorías desde que una enfermedad acabó con la vida de Zenobia, hasta que fue una huelga de hambre o una ejecución por decapitación la causa de su muerte.1​ La versión más optimista y aceptada cuenta que Aureliano quedó tan impresionado por Zenobia que la liberó, otorgándole una villa en Tibur (actual Tívoli, Italia) donde se convirtió en una filósofa destacada de la alta sociedad, viviendo como una matrona romana más.

Clónicas de Espanya

    La Estoria de España, conocida en la edición de Menéndez Pidal como Primera Crónica General, es un libro de carácter histórico escrito por iniciativa de Alfonso X el Sabio (que colaboraba activamente en su redacción) y supone la primera historia de España extensa que no era una mera traducción del latín.​ Su contenido alberga cronológicamente desde los orígenes bíblicos y legendarios de España hasta la inmediata historia de Castilla bajo Fernando III.

La obra es en realidad un planteamiento inicial que no llegó a ser culminado satisfactoriamente en vida del rey Alfonso X. Por ello han llegado hasta nosotros varias redacciones en vida del monarca denominadas comúnmente «versiones alfonsíes», y refundiciones posteriores al siglo XIII llamadas «crónicas alfonsíes». La primera redacción del scriptorium del rey de Castilla fue elaborada entre 1270-1274 y recibe el nombre de Versión primitiva.​ Bajo la supervisión del propio rey se redactó en Sevilla entre 1282 y 1284 la llamada Versión crítica, algo más sintética. Ya bajo Sancho IV se elabora, a partir de los materiales del equipo de Alfonso X, la denominada Versión sanchina, terminada en 1289. A ellas se sumarían, en el siglo XIV y siguientes, varias refundiciones derivadas del proyecto del rey Sabio que suelen denominarse «crónicas alfonsíes» (aunque son, propiamente dichas, postalfonsíes), entre las que los jalones fundamentales son la Crónica de Castilla (c. 1300), la Traducción gallega (c. 1312)?, la Crónica de 1344 y la Crónica de veinte reyes.

Menéndez Pidal publicó en 1906 una edición de la Estoria de España titulada Primera Crónica General que utilizaba un manuscrito refundido que contenía versiones de varia procedencia, tanto del taller alfonsí como del de Sancho IV, e incluía material de la Crónica particular de San Fernando de mediados del XIV. Su influencia y difusión a lo largo de la mayor parte del siglo XX hizo que se identificara esta edición con la Estoria de España alfonsí hasta que los estudios de su nieto Diego Catalán​ desvelaran que el manuscrito E en que se basó el erudito coruñés era un códice facticio e identificara las diferentes «versiones alfonsíes» básicas, señalando su cronología y procedencia.

    Para su composición se usaron fuentes muy diversas, pero destaca la utilización de De rebus Hispaniae (1243) de Rodrigo Jiménez de Rada el Toledano, que supone la base de la Estoria de España alfonsí.​ A ella se sumarían el Chronicon mundi (1236), de Lucas de Tuy el Tudense, cuando se requería completar al Toledano. Entre las fuentes secundarias cabe mencionar otras crónicas latinas medievales, la Biblia (fundamentalmente para la Historia Antigua, completada con alguna obra clásica latina), obras eclesiásticas, cantares de gesta e historiografía árabe.

Esta obra del escritorio alfonsí se divide en cuatro grandes partes. La primera incluye una historia de Roma (los reyes medievales europeos se consideraban herederos del Imperio romano); la segunda cuenta la historia de los reyes bárbaros y góticos (sus antecedentes en los reinos hispanos); la tercera es una historia del reino astur-leonés (desde que comenzó la Reconquista), y la cuarta, la del castellano, aunque el castellanocentrismo con que está concebida (y que proviene de su principal fuente, la Historia de rebus Hispanie) considera reyes de Castilla a muchos monarcas que fueron privativos del reino de León. Esta «cuarta parte» ha recibido gran atención de la crítica, pues no fue completada en la Versión primitiva del escritorio alfonsí, y el estudio de sus variantes es fundamentalmente para deslindar las distintas redacciones de la sección correspondiente a la historia de los reyes leoneses y castellanos.

   En su primera redacción, la denominada Versión primitiva, se había culminado hasta el reinado de Alfonso VI, y posiblemente hasta el de Alfonso VIII de Castilla; esto es, la redacción fue completada hasta un punto bastante más avanzado de lo que se consideró primeramente, cuando se pensaba que a partir de la historia del reino astur-leonés los materiales solo habían llegado al estado de borrador. Así, de la «cuarta parte», relativa a los reyes que la Estoria de España consideraba de Castilla, estaban casi concluidos los reinados de Fernando I, Sancho II y Alfonso VI; medianamente elaborados los de Urraca I, Alfonso VII y Sancho III; y en el inicio del proceso (solo traducidos de De rebus Hispaniae) Alfonso VIII, Fernando II y Alfonso XI.​ Si bien se había creído que la redacción de la Estoria de España había sido abandonada hacia 1274 para emprender otro monumental proyecto al que dedicaría Alfonso X nuevas energías, la compilación de una historia de carácter universal titulada General estoria (o Grande e general estoria), que interrumpiría la redacción de la Estoria de España, actualmente se sabe que tanto la Estoria de España como la General Estoria fueron proyectos emprendidos a la vez y desarrollados en paralelo, aunque el primero fue dejado en segundo plano entre 1274 y 1282. La Estoria de España careció de redacción definitiva (en su Versión primitiva) en el periodo que comprendía los últimos reyes de Castilla, la llamada «cuarta parte» (probablemente desde Alfonso VIII en adelante, pues solo se ha trasmitido de estos reinados una mera traducción de De rebus Hispaniae),​ pero fue culminada en una versión un poco más sintética en dos años al final de su reinado, en la redacción denominada Versión crítica, que llega hasta el reinado de su padre Fernando III el Santo; todo ello indica que en ningún momento Alfonso X se desentendió completamente del proyecto de la Estoria de España.

La Estoria de España, como sucede en las crónicas de su tiempo, se remonta para contar la historia a los más remotos orígenes hallados en la Biblia. En concreto hasta Moisés, para continuar entre mitos y leyendas mezcladas con fuentes griegas con la historia antigua. Sin embargo, conforme avanza el relato, aumenta la prolijidad en los detalles, sobre todo desde las invasiones germánicas hasta Fernando III.

«Nación» y «nacionalidad»

La mayoría de los ponentes de la Constitución interpretaron, durante el debate de esta en el Congreso de los Diputados, que, en su acepción histórica y cultural, el concepto «nacionalidad» recogido en la Constitución es sinónimo de «nación»:

El concepto de nación no se puede acuñar a voluntad; no basta una particularidad lingüística, étnica o administrativa; solo la suma de un gran territorio compacto, de tradición cultural común y con proyección universal; una viabilidad económica; una organización política global, probada por siglos de historia, solo eso constituye una nación. Y no es el momento de volver sobre el hecho indiscutible de que nación y nacionalidad es lo mismo. (Oponiéndose al uso del término en la Constitución por considerarlo equívoco y poder ser confundido con el de nación).

Usease Huevo con la boca cerrá.

¿CONTINUARA?

Con la colaboración de Superduque